Avalancha en el Volcán con otros ojos

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Foto por @Patagonia Av8

POR: MATIAS ORELLANA

La competencia Avalancha en el Volcán ya es un clásico y decenas de esquiadores y snowboardistas la esperan año a año. Como espectadores, normalmente solo vemos una cara de la moneda la cual muestra generalmente a los ganadores y mejores tiempos de cada versión. Sin embargo, hay otra cara de la moneda, y es la que hoy Matías no quiere transmitir en este emocionante relato, donde nos cuenta su experiencia como corredor novato del Avalancha en el Volcán y cómo se vive desde la perspectiva de alguien que no fue a hacer el mejor tiempo, sino que a vivir un sueño en carne propia.

“Yo no esquío desde que soy niño. Empecé porque en invierno es más difícil subir cerros y los más grandes quedaban tapados de nieve, esa agua sólida que dificulta la marcha, moja todo y congela hasta el ánimo. Había que pensar en algo.”

Hace varios años vi por primera vez el Avalancha en el Volcán. Creo que en el portal de alguna revista, un vídeo mostraba todas las etapas del evento: hacia arriba, una subida tranquila, camaradería y mucha conversación; de bajada, una experiencia esencialmente personal, con la máxima entrega, máxima concentración y usando toda la energía, hasta la que uno no sabe que tiene. Me gustó que un solo momento pueda tener ambas caras, finalmente, como muchas cosas de la vida.

Este año, cuando salió el aviso de la 8° versión del Avalancha, dije que era el momento. Me pre inscribí, con la esperanza que el currículo que envié fuera suficiente: algunas bajadas y un par de competencias en los Andes Centrales, pero nada como subir un volcán y bajar un tobogán. Ya consumado el hecho, pedí los permisos correspondientes: en la casa, como no entendían mucho me felicitaron; en el trabajo, que me pidieron simplemente que volviera con capacidad productiva.

Y empecé a prepararme. Subí a esquiar todas las veces que pude, que siempre son menos de las que uno quiere. Cada vez bajando más fuera de pista, más difícil, cada vez más seguro. Veía fotos y vídeos de años anteriores y entendía que no era suficiente. Necesitaba un 7 y estudiaba para un 6.

Llegó el día de partir y mi familia me acompañó al bus. Una vez en camino, el asiento vecino era ocupado por un pseudo adolescente, comiendo ramitas y de piel roja como langosta: este va a lo mismo. Resultó que era un pro-rider, de esos talentosos suertudos que viajan para esquiar y promocionar lugares espectaculares. Hablamos un rato y la subida al volcán empezó ahí: un profesional del esquí conversaba con la máxima humildad con el más novato de los esquiadores.

Llegando a Villarrica, a la casa de un querido tío que no veía hace más de 20 años, el día previo fue de espera: cruzar los dedos por el tiempo, que despejaran las nubes; caminar por Pucón, que le dí 6 vueltas y la charla técnica, en que se explican todas las condiciones y requerimientos de seguridad mientras muestran fotos de ediciones anteriores. Como en un cuento de miedo, veía cada foto con la pendiente un poco más inclinada, haciendo sentir que no estaba preparado.

El día del evento, la bruma de la madrugada duró poco. Con las primeras luces estábamos en el centro y con las primeras sombras estábamos caminando. A puro crampón, hacía frío y las pieles tenían que esperar. Y empezó la conversa: caminando junto a diferentes grupos, diferentes personas, todas muy amables, simpáticas, un gran ambiente. Me imagino que todos tenemos buenos y malos días, ese fue un buen día para todos: lo que tanto esperábamos, con tantas ganas, estaba empezando.

La subida lenta, tranquila, con varias paradas…para seguir conversando. De los crampones a las pieles. A medio camino, la subida se puso exigente. Las suaves laderas alrededor del volcán dieron su lugar a un empinado camino a la punta. La conversación seguía, pero ahora era sobre las condiciones de la nieve, las nubes que no están, el sol que va a ablandar. Caras conocidas de otros lugares saludaban al pasar, empecé a notar que la concentración iba en aumento. Todos queríamos acordarnos de cómo estaba tal o cual pasada, cómo tomarla, a dónde girar, a dónde dirigirse.

Foto por @Patagonia Av8

Arriba, empieza el viento y el frío. La vista al valle era bonita: lagos, planicies, cerros a los lejos. La vista al volcán era impresionante: hongos de nieve y la fumarola cada vez más cerca. Todo muy empinado, la última parte de hielo azul profundo con crampones. Hasta que el volcán se empieza a suavizar y de repente el suelo es plano con olor a fósforo. Llegamos, cumbre, 2870 msnm. 5 horas y todos en estado de año nuevo.

Debe ser común a varios que, con el paso de los años y las experiencias, es más raro (o difícil) impresionarse con algunas cosas. Sobre todo, si sabemos que van a suceder. Al llegar a la cumbre, quedé impresionado: ver dentro del cráter, saber que se pone una mirada sobre una parte ínfima de la Tierra que no vemos, es sobrecogedor. lava, materia en movimiento, explotando, roja y naranja, echando humo. El viaje estaba más que pagado.

Foto por @Patagonia Av8

Después de comer las raciones de marcha, más charlas de seguridad y precaución, todas muy necesarias, empezó la bajada. En orden, uno a uno van partiendo hacia abajo, a lo que la gravedad y las capacidades indiquen. Primero el snowboard, damas y varones. Luego, esquí damas. Luego esquí varones, por número. Quedé entre los últimos, por lo que pude ver quiénes eran, uno a uno, los compañeros de esta subida: pro-riders, seleccionados olímpicos, personas que aparecen en los videos, gente que vive de y para la montaña. “Buen nivel, ojalá que al terminar el día no sea yo la noticia de la noche”. Junto a un par que conocí ahí empezamos a ver que nos acercamos a la salida. Suerte, confianza, nos vemos abajo.

Salgo. Era empinado y un poco más. Más de lo que pensaba. Mucho más de cualquier cosa que hubiese bajado antes. Equivoqué en la salida y me metí al sector de hielo azul. Unos metros más allá, una caída de varios cientos de metros. Bueno, veamos cómo lo hacemos. Penosamente, empiezo a bajar en retroceso, en zigzag mínimos. De la memoria llegan los recuerdos de cuando empecé a esquiar, en que todos eran mejores, más fluidos, más rápidos.

@viajerosdeviento

Negociemos. Bajo lento, atrás, adelante, atrás, adelante. Paso el hielo, objetivo logrado. Viene la pendiente grande, con un par de saltos. Vamos, empiezo a fluir, no soy rápido pero voy seguro. Los saltos los paso como niño recién empezando a caminar, pero sin caídas. Se abre una pala gigante de nieve, por lo menos 300 metros de bajada con todo Chile de ancho. Sigue empinado, pero todo fluye y aunque no tomo mucha velocidad, bajo tan feliz como todas las expectativas soñaban, el séptimo sentido de Kurt Diemberger.

A mitad de bajada, veo a alguien de pie, sin esquíes, mirando la nada. Al acercarme, reconozco que es la persona que salió 2 puestos antes que yo. Se cayó, perdió sus esquíes 30 metros más arriba y todavía está conmocionado. Hablo con él y no está en condiciones de buscar sus esquíes. Miro la bajada un segundo y tomo la decisión: ya no voy a ganar la carrera, nunca lo iba a hacer, una ayuda en esta circunstancia corresponde. Me saco los esquíes, subo los 30 metros y se los paso en la mano. Me aseguro de que queden bien puestos, le explico cuál creo que es la mejor línea de bajada y sigo.

Foto @renato.felipe.96

En lo que resta, con pendientes más suaves, saludos a los bandereros, fotógrafos y todos los que veo: el mundo es bonito y fluye la energía. Al llegar, con una inmensa felicidad, me reciben mis nuevos compañeros, cerveza en mano, para abrazarnos. Todo el mundo entero, todo el mundo feliz.

Se acabó, aunque hay sido una bajada notablemente lenta, fue tan llena de vivencias que parece una película en cámara rápida de la que uso se acuerda meses después. Solo queda llegar hasta la base, aprovechando cada manchón de nieve que exista, a alargar la fiesta.

 

 

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